miércoles, 23 de septiembre de 2009

Contra el consumismo / I

Luis Tamayo Pérez
Como muchos de mis lectores saben, el consumismo es una de las principales causas del deterioro ambiental, además, deshumaniza a las personas al hacer depender su propia identidad y valoración de la adquisición de los productos artificialmente anhelados. El consumismo, elemento clave de la “cultura del progreso”, al obligar a masas enormes de personas a sumarse al enloquecido patrón de adquisición de productos más o menos inútiles ocasiona, asimismo, agotamiento de los recursos naturales.
Como bien señalan Barlow y Clarke en su Oro azul (2004), los problemas ambientales derivados del consumismo responden a eso que David Suzuki denomina la “metáfora del lago”: supongamos, indica Suzuki, que un lago es invadido por nenúfares (que oscurecen el fondo y aniquilan la flora y fauna marina) y que el proceso de la invasión, hasta la muerte del mismo duró 60 días… ¿cómo se vería el lago el día 59? Como los problemas ambientales, indican Suzuki, Barlow y Clarke, son exponenciales, ese día el lago estaría no demasiado diferente del día anterior, cubierto a medias por los nenúfares y “parecería estar en perfectas condiciones”. A nadie se le ocurriría que era su último día de vida y, por ende, nadie haría nada para salvarlo. Los problemas medioambientales son exponenciales: cuando se evidencian claramente ya no podemos hacer nada para evitarlos.
Por tal razón no podemos, como consumidores, sino implementar una serie de acciones para defendernos de los efectos del depredador consumismo.
a) Boicot a las empresas ecocidas: Si pretendemos contar con un ambiente limpio es menester boicotear a las empresas gravemente contaminantes: las que elaboran sustancias tóxicas (productos químicos –Cl, CFC, HCFC, etcétera–, asbestos, pinturas con plomo), la industria metal mecánica, la del unicel, la minera y curtidora, la militar, la cementera, la productora de pilas, las biotecnológicas (productoras de herbicidas, pesticidas y Organismos Genéticamente Modificados), la petrolera, la papelera, la agroindustrial (entre muchas otras). Comprar los productos de las grandes empresas ecocidas es hacernos cómplices de su depredación. La fuerza que poseen los consumidores organizados es enorme. Sólo es menester despertarla.
b) Promoción del transporte comunitario: El automóvil unipersonal, lo más común en el Occidente moderno, es dañino desde todo punto de vista: en su proceso de construcción se generan incontables contaminantes, derrocha de combustible, es la principal causa de muerte de nuestros jóvenes y, una vez terminada su vida útil constituye basura muy difícil de reciclar. Nuestro mundo funcionaría mejor si el modo de transportarse fuese comunitario y de preferencia mediante trenes y bicicletas.
c) Evitar comprar en supermercados y optar por los locales pequeños: Las grandes corporaciones comerciales constituyen gigantes transnacionales que depredan la economía de los países en los cuales se asientan, acaban con el comercio local y explotan a los pueblos. No conocen el “comercio justo”, sólo les interesa la ganancia y externalizan todos los problemas que pueden. Y además no se responsabilizan por sus desechos. La maestra Virginia Espino de Setzer acostumbra señalar a quienes asisten a sus cursos de educación ambiental algo muy importante: cuando compramos un producto lo adquirimos todo, incluido el envase y la envoltura, es decir, es nuestra responsabilidad saber qué hacer con los desechos (pues las corporaciones que lo produjeron “externalizaron” el problema). Como todos saben, habitamos en un mundo de Corporaciones transnacionales (Balkan 2004; Klein 2002). Corporaciones que fomentan el consumismo y dominan la conciencia de las masas. Hace años, cuando se pretendía hablar de los “dueños” de vidas y propiedades, la gente hablaba de “familias” o “caciques”, lo cual, al menos, permitía fincar responsabilidades. En el mundo de las corporaciones, fincar responsabilidades se ha hecho mucho más difícil. Las corporaciones pueden degradar el ambiente, maltratar a los trabajadores e incluso quebrar, sin que, a sus dueños, se les pueda responsabilizar por sus actos y, a pesar de las demandas en su contra, sin afectar realmente a los que invirtieron en ellas.